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Acostumbramos a callar en el momento en el que más cosas tendríamos que decir.
Acostumbramos a mirar a otro lado en el momento en el que tendríamos que comérnoslo con la mirada.
Acostumbramos a buscar excusas en el momento en el que deberíamos decir la verdad, y es que tenemos la capacidad de tropezar una y otra vez con la misma piedra.